Mi primera vez en An der Alten Försterei

A finales de septiembre de 2010 llegaba a Berlín como muchos de los aventureros que se mudan a la capital alemana, sin tener ni idea de lo que buscaba pero sabiendo que la vida que tenía en España en ese momento no era para mí.

Conociendo el Olympiastadion

Mi primer acercamiento al fútbol en Berlín fue, como suele ser habitualmente, en el Olympiastadion. El Hertha no es un equipo que enamore, pero tiene la suerte de jugar sus partidos como local en un estadio mítico que es un imán para los amantes de la historia, como es mi caso. Pensar que décadas atrás Adolf Hitler tuvo que tragarse el orgullo mientras Jesse Owens se convertía en el hombre más rápido del planeta… daba un cierto gustillo por el estómago.

Fueron varios los encuentros que viví en Charlottenburg durante mis primeros años en Berlín. El partido de ida de la promoción contra el Fortuna en la que acabaron subiendo los de Düsseldorf, un amistoso de pretemporada contra el Real Madrid, un 6-1 para comenzar el año ante el Eintracht de Frankfurt, que permitió a los blanquiazules ser líderes durante una semana y el más gracioso de todos: Un insulso partido de Bundesliga 2 contra el Aachen, que se hizo viral incluso en España porque un jugador tocó el pecho de la árbitra sin querer.

El primer partido que vi del Union por televisión fue precisamente frente a su vecino de la ciudad. Me llamó la atención que se jugara un derbi en Berlín y me busqué la vida en Rojadirecta para verlo en directo en casa de la que era mi novia, mi actual mujer, que ya asumió lo que le esperaba con un friki del fútbol como yo. El Hertha estaba mucho mejor posicionado en la clasificación, pero los Eisern buscaban de nuevo asaltar el Olympiastadion como dos años atrás y a punto estuvieron de conseguirlo. Con 0-2 en el marcador, los sudamericanos del BSC, Ramos y Ronni, despertaron a tiempo y lograron in extremis un empate que cayó como un jarro de agua fría entre la afición visitante.

Bienvenidos al Este

Un par de años después de mi llegada me mudé a Lichtenberg, uno de los barrios más tradicionales del Este de Berlín, donde aproveché para conocer más de la cultura y los principales lugares de la antigua DDR. Tierpark, la playa de Müggelsee o el distrito de Köpenick comenzaron a ser visitas habituales durante nuestros fines de semana, aumentando así nuestro lado Ossi. Comenté a un compañero sobre un pequeño equipo de Segunda División que jugaba por allí cerca, al lado del bosque y un viernes que vimos que venía el St. Pauli, otro club de culto, decidimos ir a An der Alten Försterei a ver cómo se las gastaban los fans de la otra mitad de la ciudad.

Tuvimos que escaparnos del trabajo, ya que se jugaba en viernes y a las 18.00 de la tarde, pero los S-bahn desde Warschauer Strasse iban llenos hacia el estadio. Nadie quería perderse ese duelo de equipos hermanados. Bajamos en Köpenick y el trayecto hasta el estadio era festivo, con la gente bebiendo cerveza y cantando. Habíamos visto que ambos equipos estaban lejos de los puestos que daban acceso a la Bundesliga, pero no importaba demasiado. Aproveché para comprarme la bufanda del Union para mi colección y nos preparamos para disfrutar del partidazo.

Estábamos ubicados en una esquina muy cerca de la afición visitante. Durante 90 minutos estuvimos escuchando a los fans del St. Pauli que no desfallecieron ni cuando el partido se les puso cuesta arriba. Tenían una pancarta que decía “Köpenick es marrón y blanco” y en parte no les faltaba razón ya que vimos a muchas personas con bufandas de ambos conjuntos. Desde el otro fondo se veía a los aficionados más acérrimos del Union subiendo la temperatura del choque. La primera parte concluyó 2-1 para los locales con goles de Terodde, el paulaner Ebbers y el mito Mattuschka a poco del descanso.

En la pausa aprovechamos para coger fuerzas con una salchicha y mientras volvíamos a nuestros sitios pusieron por megafonía la canción de Ska-p, Marinaleda, que dejaba a las claras la personalidad del club. Nos quedaba una segunda mitad emocionante y las dos aficiones nos seguían recordando que estábamos disfrutando de una fiesta del fútbol, algo que muchas veces se nos olvida en estadios más grandes como el Camp Nou o el Bernabéu.

El partido continuó por la misma línea, con ambos equipos muy parejos. En el minuto 76 Schachten silenció por unos instantes An der Alten Försterei con el tanto del empate, pero pronto la afición volvió a los cánticos conscientes de que su apoyo era esencial en esos momentos. Y vaya si lo fue, el los últimos 15 minutos Nemec y Terodde de nuevo sentenciaron el choque con dos goles que dejaban la victoria a buen recaudo. Tras el 4-2 los jugadores de ambos equipos se quedaron en el césped agradeciendo a sus respectivas hinchadas, que demostraron el por qué de su aura de aficiones de culto.

Volvimos a realizar el recorrido de vuelta con la ilusión de un niño. Desde luego no había comparación entre la sobriedad de los aficionados del Olympiastadion y la pasión del An der Alten Försterei. Aquel día me convertí en un Unioner, compartiendo mi futbolero corazón alemán con el BVB de Klöpp, que en aquellos años lideró una revolución “Pöhler” contra el todopoderoso Bayern.

El ascenso desde la distancia

En 2015 volví a España tras haber concluido una etapa tanto laboral como personal en Berlín. Pero nunca olvidé mi trocito de corazón Eisern. En la app One Football la Bundesliga 2 siempre estaba al nivel de las grandes competiciones del continente. En los últimos años el Union siempre comenzaba la temporada muy bien pero poco a poco se iba desinflando hasta llegar a las últimas jornadas sin opciones, pero algo era diferente durante la 2018/2019.

Con una primera vuelta imbatidos, eso sí con muchos empates, el Union llegaba a la parte decisiva del campeonato con opciones de ascenso. Esta pasada Semana Santa viajamos a Berlín de vacaciones y los de Köpenick jugaban un partido esencial contra el Greuther Fürth. Pude quitarme el mono viendo la primera parte en un bar, dejando el choque con 0-1 para los berlineses y un jugador menos en los de Fürth. Cuál fue mi sorpresa cuando horas después entré en One Football y ví que finalmente habían empatado. Se me pasó por la cabeza que a la hora de la verdad los rojiblancos volverían a perder la oportunidad del ascenso.

Y de nuevo tuve esta sensación en la última jornada cuando con el móvil fui siguiendo la multijornada de Segunda. El Paderborn iba perdiendo y el Union solo tenía que vencer a un Bochum que no se jugaba nada. Las cosas se pusieron muy complicadas tras el 2-0, pero los Eisern sacaron fuerzas de flaqueza y lograron empatar a dos con tiempo todavía por delante. Solo faltaba un tanto… pero no lo consiguieron. Tras quedarse terceros todavía quedaba una bala en la recámara, la promoción contra el Stuttgart.

Qué ilusión me hizo que Movistar Plus echara en directo ambos partidos de la eliminatoria. Primero en Stuttgart, el Union hizo un partido muy serio y consiguió remontar por dos veces para volver con un 2-2 a Berlín. Unos días después, la vuelta en An der Alten Försterei. Se podía sentir la tensión a 2.500 kilómetros de distancia. Especialmente tras el gol de falta de los de Baden-Wurtemberg, que el VAR finalmente anuló. La amenaza de Mario Gómez y de Donis duró hasta el final, pero el 0-0 fue suficiente para cumplir un sueño y poder ver por primera vez en la historia al Union Berlín en la Bundesliga. Una hazaña merecida, sobre todo porque en ningún momento han traicionado sus principios para lograrlo.

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